Ayer me quedé trabado con una palabra.
Una sola.
Estaba terminando de revisar un video sobre mi segundo cerebro. El video ya había pasado por varias vueltas. Cortes, subtítulos, gráficos, sonido, el cierre, la miniatura, todo ese mundo invisible que hace que una pieza se sienta bien aunque nadie pueda decir exactamente por qué.
Y cerca del final había una frase que me importaba mucho:
“Es donde tu conocimiento por fin trabaja con vos.”
La frase estaba bien.
La idea estaba bien.
Pero una palabra sonaba rara.
Conocimiento.
No estaba rota. No era un desastre. No era de esas cosas que cualquier persona detecta al segundo. Era peor, viste. Era de esas cosas que tal vez nadie te marca, pero vos ya la escuchaste. Y desde ese momento, cada vez que vuelve a pasar, te raspa un poquito.
Ahí empieza el problema real.
Mi primer impulso fue suavizar
La solución más lógica era hacer el corte más amable.
Que no se note. Que entre más prolijo. Que el empalme pase desapercibido.
Probamos una versión.
Seguía raro.
Probamos otra, más fina.
Seguía raro.
Y mientras lo escuchaba por tercera vez, me di cuenta de algo que no tenía que ver solamente con edición de video.
A veces intentamos suavizar una decisión que en realidad necesita un corte.
Me pasó con esa palabra, pero me pasa en un montón de lugares.
Me pasa cuando quiero agregar una capa más a un sistema para no aceptar que una parte está de más. Me pasa cuando pruebo otra herramienta antes de admitir que no definí bien qué quería lograr. Me pasa cuando una automatización se vuelve elegante, pero no necesariamente útil.
Y lo veo también en empresas.
Un proceso viejo que ya no funciona, pero en vez de matarlo le ponen IA arriba. Una reunión que nadie necesita, pero ahora tiene resumen automático. Un flujo que nació torcido, pero como ya tiene dashboard parece importante.
Todo se vuelve más suave.
No necesariamente mejor.
La trampa de lo prolijo
Hay algo seductor en una solución prolija.
Te deja tranquilo. Te da la sensación de que estás trabajando bien. Si además hay una herramienta sofisticada en el medio, mejor todavía. Parece que el problema está siendo tratado con respeto.
Pero a veces lo prolijo es una forma muy educada de patear una decisión.
En mi caso, la palabra no necesitaba más suavidad. Necesitaba que dejáramos de mezclar dos momentos que no iban juntos.
Eso era todo.
Sacar lo que sobraba.
Unir donde correspondía.
Sin maquillaje.
Cuando hicimos eso, funcionó.
Y me dio bronca, porque la solución era menos linda que la anterior. Menos sofisticada. Menos “mirá qué fino quedó esto”.
Pero sonaba mejor.
Y al final, eso era lo único que importaba.
El criterio no siempre aparece como una idea brillante. A veces aparece como una incomodidad chiquita que no dejás pasar.
Esto es lo que me quedó dando vueltas
Estamos en un momento donde agregar capas es facilísimo.
Una herramienta más.
Un agente más.
Una automatización más.
Una plantilla más.
Una reunión menos dolorosa porque ahora alguien la resume.
Y ojo, no estoy diciendo que eso esté mal. Yo vivo usando sistemas, IA, automatizaciones y herramientas todos los días. Literalmente mi trabajo se apoya en eso.
Pero cada tanto necesito hacerme una pregunta bastante menos sexy:
¿Esto mejora el resultado o solo mejora mi sensación de estar haciendo algo?
Porque son cosas distintas.
Mejorar el resultado te acerca a la verdad del trabajo.
Mejorar la sensación te deja ocupado.
Y la IA, si no la liderás con criterio, puede volverte increíblemente bueno en estar ocupado con cosas que parecen avance. Te da versiones, alternativas, caminos, capas, resúmenes, opciones. Te da movimiento.
Pero el movimiento no siempre es dirección.
Ayer, en esa palabra, la dirección apareció cuando dejamos de intentar que el arreglo fuera elegante y aceptamos una solución más simple.
Un corte seco.
Nada heroico. Nada épico. Una palabra que tenía que sonar bien y no sonaba.
Pero me parece que el criterio se entrena justo ahí. En lo chico. En lo que podrías dejar pasar. En esa parte que nadie te va a reclamar, pero vos sabés que no está bien.
Y también en animarte a sacar.
Sacar la capa.
Sacar el maquillaje.
Sacar la transición que te dejaba más tranquilo, pero empeoraba el resultado.
La pregunta no es si podés hacerlo más suave.
La pregunta es si corresponde.
¿Qué estás intentando suavizar cuando en realidad tenés que cortar? ¿Qué parte de tu sistema parece más profesional pero mete ruido? ¿Dónde estás confundiendo una capa más con una decisión mejor?
- Isma



